lunes, 2 de abril de 2012

UNA MUJER Y UN HOMBRE




Juan Galindo 

Ella revisa con la mirada
las constelaciones del firmamento.
En algún punto del mundo
él escribe un poema.

Ella piensa quizá
que la magnitud del mundo
―tan grande o pequeño como se quiera ver,
eso es lo menos importante―
la abrazara como los brazos de un hombre.
Y nadie hay a su lado.

Ella sabe que todos los hombres
la desean, la quieren para sí.
Siente como los ojos ajenos
la bañan sin el menor recato.
Pero ella no es de nadie.

No quiere a cualquier tipo,
que a la primera de cambio,
deshaga su figura en vanas palabras,
o elucubre sobre una historia
que —sabe—, no terminará bien.

Él, camina por la ciudad y la ve.
No lo sabe ―quién puede saberlo―,
pero también la mirada de esa mujer
le ha tocado el corazón.
La descubrió, está ahí, a su alcance.
Podría tomarla si se lo propusiera.
Pero él no es cualquier hombre
—aunque su apariencia diga lo contrario.

Ella se detiene y lo observa.
Algo le ha movido la expresión de éste personaje
con libreta en mano;
se pregunta
por qué ese afán de escribir
en medio del caos,
de la incertidumbre,
del atosigante bullicio
que enloquecería
al más templado de los hombres.

Nada está escrito en el espacio de la noche.
Ese punto entre los dos
es tan largo, tan corto a la vez.
Basta con que uno de los dos
diga una sola palabra
―porque una palabra no pronunciada
puede convertirse en un muro impenetrable―;
él, se levantaría de la banca, avanzaría unos pasos
―como si un chiquillo emprendiera una aventura
y tuviese la osadía de hablarle al más perfecto de los seres.

Y ella, le pregunte algo
que por el momento no se le ocurre;
podría ser el lugar más común:
preguntar por esa dirección inexistente,
quizá pedirle la hora,
—aunque sepa perfectamente
que desde el primer minuto
que lo vio, éste se ha dilatado―,
para quedarse algo de él,
como el sonido de su voz.

Cómo saber que en esta ciudad
dos desconocidos
pueden charlar sin proponérselo
―piensa ella,
se atreve a imaginarlo.
Para qué.

El sorpresivo viento arrebata la hoja de papel
de entre manos de este incipiente escritor.
Ella, que no ha perdido todo movimiento de él,
la captura como si su mano fuese un halcón
y atrapara en un santiamén a una ingenua paloma.

Él dice, ―gracias.
Ella ―he visto que escribía algo, ¿puedo leerlo?
Se ha roto el silencio. ¿Es el destino?
―Por qué no ―responde él, un tanto avergonzado.
―Si le molesta, no lo haré ―revierte ella regresando la hoja.
―No, no me molesta, al contrario, sería un honor.
―Es usted un gran poeta.
―Es sólo…, son letras ―responde nervioso.
―Quién es ella, ¿acaso la extraña?
―No existe aún, la espero.
― ¿Y por qué no la busca? ―él calla.

Ambos se miran, sus manos se han tocado.
Y una llama escondida
comienza a fulgurar en el mirar de ambos.
Una mujer y un hombre.
Sus labios se buscan,
se asen
―y se hacen uno al otro—.
No se lo explican,
¿qué pensarán entre sí?
¿La locura es normal?
¿Qué manda en el corazón de una mujer y hombre?
Están ahí; cualquiera diría que entre ellos
hay mil historias que contar,
y que se conocen profundamente.
Una mujer y un hombre se pertenecen.
Se miran
y no se lo explican.http://external.ak.fbcdn.net/safe_image.php?d=77637bcf21297bb83b4c3a9ac7b50a49&url=https%3A%2F%2Fblogger.googleusercontent.com%2Ftracker%2F8189890336290570054-3701777082061894356%3Fl%3Dwwwjuangalindo.blogspot.com








martes, 27 de marzo de 2012

YO SERÍA UNO, EL MÁS ENVIDIADO.



Juan Galindo

¿Qué ropa te pusiste hoy?
¿Traerás el cabello suelto?
Cuál es tu aroma de esta tarde.
¿Olerás como aquella noche
que mis labios versificaron tu nombre?
Cuántos hombres
te habrán mirado
y a cuántos de ellos
encegueciste con la luminosidad de tu cuerpo;
soy un pendejo por quererte de ésta manera
—ni siquiera sé si te amo
y si algo de todas estas palabras
que he escrito,
te provoquen algo.
Estoy loco,
desesperado;
qué de este dolor de mi sangre
hurga en el tiempo de tu espera;
pareciera que éste corazón
desfallece entre las fauces de un perro
—tan hambriento como yo de tu amor.
Me jode pensar que otros te desean.
Si fueras mía,
podría mirarlos a los ojos
y decirles de esa manera,
 encararlos
—como si en una batalla
se pudiese decidir todo—,
que sus ilusiones quedaran en eso.
Qué hombre no estaría orgulloso
de contar a su lado con tu presencia.
Yo sería uno,
el más envidiado.
Sólo espero volver a verte,
mirarte.
Tuyo.
Completamente.




sábado, 3 de marzo de 2012

EL SILENCIO




Juan Galindo

Un sabor amargo e inquieto se le paseó por los labios; su lengua se deslizó como si lo persiguiera, y hasta cuando exhaló profundamente, entendió que era ya tarde para arrepentirse. Su esposa yacía yerta al pie del sofá, en esa salita que era poco que eso y comedor a la vez. El disparo taladró la pesadumbre del lugar. De repente, la agitación se tornó contraria. Un estado de asombro e impavidez reflejaba y le descomponía la cara. La detonación había sido atronadora, seca. Y antes de desmadejarse sobre la única silla que quedaba en pie, Mauricio estaba inmóvil. Una mujer frente a él. El lazo de afinidad se rompió grotescamente. Quiso elucubrar en qué momento la distancia entre ambos comenzó a hacerse cada vez más lejana y desierta, pero en sus ojos sólo brillaba una chispa de rabia. La frustración y la amargura se hicieron más latentes. Nunca pensó que la única solución a los problemas era esa. Se tocó la barbilla: había una vellosidad sucia, crecida y desordenada. Desde su lugar, miró de nuevo el cuerpo. Encontró un despojo.

            Siempre decían que al momento de morir, la vida pasa frente a la mirada de uno, como si fuera una película. Él recordó eso. ¿Ella la habría visto? ¿Habría recordado cuando lo conoció en la biblioteca de la universidad? ¿Cuando se dieron su primer beso? Era un manojo de nervios. Casi engarrotado, sintió que la vida valía la pena disfrutarla como esa boca, que tierna y deliciosamente le transportó hacia una luz que le era desconocida. Ahora todo eso se había disipado.

            Él no era así, siempre supuso un posible rechazo, antes de abordarla y llegar a tener una relación. Desconfiaba a tal grado de sí, que cuando obtuvo una respuesta positiva, tardó varios minutos para aterrizar. Luego días. Ella llegó a transformarlo. Después todo valió mierda. Qué importaba. La escena de los cuerpos enredados, jadeantes, entró en sus ojos violentamente. Como un madrazo imprevisto. Y bien dado. Imposible borrarla. Él se murió en ese instante. Y ella… ¿Qué diablos haría con ella, con su adversario de amores? —Si se había prometido que siempre sería suya, es más, lo escuchó en sus propias palabras, ¿O es que jugó con él?—. Nunca supo el motivo de su propio silencio. Hasta para eso era cobarde. Inseguro.

            —Puta madre, en qué hora dejó de quererme…, tres años perdidos.

            Por qué era así con él. Nunca antes se vio envuelto en una situación igual. Es más, él mismo nunca la hubiera imaginado. Y aunque sonara ridículo, a sus veintiséis, Renata era su primer y único amor. Hasta ahora reconocía ser un perfecto pendejo en esas lides.

            —El hubiera no existe… Si ella no hubie… Yo todavía… —pensó en sus adentros absurdamente, ni siquiera mentalmente podía ser tan acabado. Su vida era tan común como esa frase que se repetía y se alojaba entre los dientes como esa carne imposible de masticar.

            La diestra temblaba, se desconocía a sí mismo. Apuntó con firmeza, sin titubeos, mientras los maxilares se apretujaban. Iba sintiendo como toda la fuerza se acumulaba hasta el punto de hacer una implosión que le dislocara la quijada, que los incisivos se le desmoronaran lentamente. Esa era su obra. Por qué no se sentía contento. ¿Para eso había esperado tanto tiempo? ¿No era eso lo que quería? A dónde más iba a llegar. Un cuerpo aguijoneado y los ríos púrpura encontrando un cauce sobre el suelo frío. Pecho y estómago, los blancos perfectos.

             Las explicaciones sobraban. Quiso reclamarle, decirle que de él nadie se iba a burlar. Pero aguantó meses, quizá esperando que la situación se revirtiera a su favor. La buscó un par de veces. Mejor dicho, intentó buscarla, y al final se arrepentía. La vigiló, y enceguecido, un perro en celo hubiese resultado menos peligroso. Quería que fuera ella la sorprendida. El brutal abandono le cercenaba angustiosamente el cuerpo. No podía negar que ese dolor estaba ahí, hecha una estaca en el pecho. Por qué no se lo dijo, quizá la habría entendido y estarían en paz, pero cuando se enteró y llegó al departamento —Monterrey, el trabajo, la distancia…—, buscó una explicación. Ella ya no volvió.

            Volvió a temblar. El nerviosismo era tal que parecía que el parkinson le hubiese llegado de repente. Como si fuera una criatura sobre su organismo y le dominase a voluntad cada uno de los músculos. Sudaba. Se tocó el rostro instintivamente descendiendo el dorso de la mano hasta refregarla en los apretados labios. No lo sabía pero un voraz envejecimiento le fue recorriendo. Cada vez más apergaminado. En su mirada vacía reflejaba un punto de tensión que iba en aumento. Levantó el arma de nueva cuenta. Primero con movimientos milimétricos, luego, sin dudarlo apuntó fríamente a la sien. En unos segundos cualquier imagen que le removiera el pasado se terminaría definitivamente. ¿De verdad era amor lo que se alojaba en su corazón?

             — ¡De mi nadie se burla, perra…! —No aceptó súplicas. Lo había dicho con una fuerza desde lo más hondo de si. La frase volvió a bullirle el cerebro lapidariamente.
            — Mauricio… —atinando a pronunciar tambaleante.
            — ¡Cállate, no digas mi nombre! ¡Cállate! ¡Cállate!
          — Qué quieres, podemos hablar, te juro… Mi intención no era esta… Por favor… —gimió.
            — Por qué, por qué, si… —sin dejar de apuntar, bajó un poco los ojos. Respiraba con dificultad. No era Mauricio, sino un niño que reclamaba, como si hubiese perdido su mayor tesoro y quisiera recuperarlo, arrebatarlo. O quizá era una bestia que había despertado y que acorralaba a su presa hasta tenerla a su más completa merced. Todavía sintió ese temblor recorrerle la piel, el puño que encerraba el arma, el índice confundido en apretar o no el gatillo.
            —Tranquilízate, mira… Las cosas pueden cambiar, ¿quieres que vuelva contigo? No es necesario que hagas esto… —Lo decía como ese último recurso para aferrarse con las uñas a la desgarrada vida y de la cual no había pretexto para poder escapar—, piensa, piensa que esto no es lo mejor...

           Cobraba orden todo lo que había hecho. Ya era tarde. Todo eso rezumbaba en su cabeza, como un enjambre de avispas agitarse sin parar.

            De un tirón, los párpados cayeron automáticamente, negando todo atisbo de luz. Encaramado sobre si, como un monstruo indefenso y de falsa ternura. Una lágrima surcó la saliente del pómulo. Imaginó que el diablo se regocijaba de su desgracia y las carcajadas inundarían sus débiles oídos. Tras la puerta, en las sombras de la calle, los perros ladraban, las ratas aprovechaban para rondar los deshechos del día. Chillaban. Bang. Un tercer disparo. Luego, otra vez el silencio. Un silencio largo y denso. Como cuando dios parece olvidarse del mundo. Y de sus hijos. Aún era media noche sobre la ciudad. Las manecillas del reloj siguieron sonando.


CONOCÍ A UNA MUJER


Juan Galindo

Sus ojos —con los que seguramente
mirará la lluvia desde un silencio interno—,
asoman en el futuro.
Me habla de su vida.
Prefiero observar y escucharla.
De verdad, ¿podría un hombre evitar enamorarse de ella?
Quizá es muy pronto para decir esto
Demasiado vertiginoso.
Tal vez sea admiración.
La escucho con esa voz jovial
que asalta el corazón del mundo.
Y el mío, es el de un pusilánime
que no puede poblar sus soledades.
Aquí, bajo el techo de un café en el centro de la ciudad.
Y no en una cantina.
Lástima que ella no beba,
porque de verdad me hubiera gustado brindar con ella,
invitarle un trago.
No por eso deja de ser un honor 
tenerla frente a mí.
Charlo con ella mientras dos hombres
no dejan de mirarla.
Pienso que les gustaría quitarme de este sitio
y atraer su atención.
Si estuviera en su lugar,
probablemente desearía lo mismo.
La mujer ajena es de las más deseadas.
Asumo lo sabia y hermosa que es,
a pesar de la madura finitud de sus años.
Su sentido del humor es un alborozo tierno.
Esa mujer puede ser vulnerable, y fuerte,
como el cuerpo de una hierba
ante el golpe del sol y del viento.
Desconozco sus tristezas, desventuras, pesadumbres;
aunque lo intuyo.
Si un hombre le causara daño, querría aliviar tu corazón.
Y le diría también: no necesitas soportar el flagelo.
Sabes, envidio el tiempo, y las experiencias —incluso, coger contigo—,
que esa persona ha pasado a tu lado,
Lo envidio a él
—Como cualquier hombre que quisiera
tener un pedacito de gloria en las manos.
Te pediría olvides a ese hombre y me recuerdes a mí.
Tal vez ni siquiera lea esto.
Esta mujer tiene un nombre.
Como todas las que nos quitan el sueño.
Y lo pronunciamos incansable,
repetidamente hasta el amanecer.