Juan Galindo
Ella revisa con la mirada
las constelaciones del firmamento.
En algún punto del mundo
él escribe un poema.
Ella piensa quizá
que la magnitud del mundo
―tan grande o pequeño como se quiera ver,
eso es lo menos importante―
la abrazara como los brazos de un hombre.
Y nadie hay a su lado.
Ella sabe que todos los hombres
la desean, la quieren para sí.
Siente como los ojos ajenos
las constelaciones del firmamento.
En algún punto del mundo
él escribe un poema.
Ella piensa quizá
que la magnitud del mundo
―tan grande o pequeño como se quiera ver,
eso es lo menos importante―
la abrazara como los brazos de un hombre.
Y nadie hay a su lado.
Ella sabe que todos los hombres
la desean, la quieren para sí.
Siente como los ojos ajenos
la bañan sin el menor recato.
Pero ella no es de nadie.
No quiere a cualquier tipo,
que a la primera de cambio,
deshaga su figura en vanas palabras,
Pero ella no es de nadie.
No quiere a cualquier tipo,
que a la primera de cambio,
deshaga su figura en vanas palabras,
o elucubre sobre una historia
que —sabe—, no terminará bien.
Él, camina por la ciudad y la ve.
No lo sabe ―quién puede saberlo―,
pero también la mirada de esa mujer
le ha tocado el corazón.
La descubrió, está ahí, a su alcance.
Podría tomarla si se lo propusiera.
Pero él no es cualquier hombre
—aunque su apariencia diga lo contrario.
Ella se detiene y lo observa.
Algo le ha movido la expresión de éste personaje
con libreta en mano;
se pregunta
Él, camina por la ciudad y la ve.
No lo sabe ―quién puede saberlo―,
pero también la mirada de esa mujer
le ha tocado el corazón.
La descubrió, está ahí, a su alcance.
Podría tomarla si se lo propusiera.
Pero él no es cualquier hombre
—aunque su apariencia diga lo contrario.
Ella se detiene y lo observa.
Algo le ha movido la expresión de éste personaje
con libreta en mano;
se pregunta
por qué ese afán de escribir
en medio del caos,
de la incertidumbre,
de la incertidumbre,
del atosigante bullicio
que enloquecería
al más templado de los hombres.
Nada está escrito en el espacio de la noche.
Ese punto entre los dos
es tan largo, tan corto a la vez.
Basta con que uno de los dos
diga una sola palabra
―porque una palabra no pronunciada
puede convertirse en un muro impenetrable―;
él, se levantaría de la banca, avanzaría unos pasos
Nada está escrito en el espacio de la noche.
Ese punto entre los dos
es tan largo, tan corto a la vez.
Basta con que uno de los dos
diga una sola palabra
―porque una palabra no pronunciada
puede convertirse en un muro impenetrable―;
él, se levantaría de la banca, avanzaría unos pasos
―como si un chiquillo emprendiera una aventura
y tuviese la osadía de hablarle al más perfecto de los seres.
Y ella, le pregunte algo
que por el momento no se le ocurre;
podría ser el lugar más común:
preguntar por esa dirección inexistente,
quizá pedirle la hora,
—aunque sepa perfectamente
que desde el primer minuto
que lo vio, éste se ha dilatado―,
para quedarse algo de él,
como el sonido de su voz.
Cómo saber que en esta ciudad
Cómo saber que en esta ciudad
dos desconocidos
pueden charlar sin proponérselo
pueden charlar sin proponérselo
―piensa ella,
se atreve a imaginarlo.
Para qué.
El sorpresivo viento arrebata la hoja de papel
de entre manos de este incipiente escritor.
Ella, que no ha perdido todo movimiento de él,
la captura como si su mano fuese un halcón
y atrapara en un santiamén a una ingenua paloma.
Él dice, ―gracias.
Ella ―he visto que escribía algo, ¿puedo leerlo?
Se ha roto el silencio. ¿Es el destino?
―Por qué no ―responde él, un tanto avergonzado.
―Si le molesta, no lo haré ―revierte ella regresando la hoja.
―No, no me molesta, al contrario, sería un honor.
―Es usted un gran poeta.
―Es sólo…, son letras ―responde nervioso.
―Quién es ella, ¿acaso la extraña?
―No existe aún, la espero.
― ¿Y por qué no la busca? ―él calla.
Ambos se miran, sus manos se han tocado.
Y una llama escondida
se atreve a imaginarlo.
Para qué.
El sorpresivo viento arrebata la hoja de papel
de entre manos de este incipiente escritor.
Ella, que no ha perdido todo movimiento de él,
la captura como si su mano fuese un halcón
y atrapara en un santiamén a una ingenua paloma.
Él dice, ―gracias.
Ella ―he visto que escribía algo, ¿puedo leerlo?
Se ha roto el silencio. ¿Es el destino?
―Por qué no ―responde él, un tanto avergonzado.
―Si le molesta, no lo haré ―revierte ella regresando la hoja.
―No, no me molesta, al contrario, sería un honor.
―Es usted un gran poeta.
―Es sólo…, son letras ―responde nervioso.
―Quién es ella, ¿acaso la extraña?
―No existe aún, la espero.
― ¿Y por qué no la busca? ―él calla.
Ambos se miran, sus manos se han tocado.
Y una llama escondida
comienza a fulgurar en el mirar de ambos.
Una mujer y un hombre.
Sus labios se buscan,
Sus labios se buscan,
se asen
―y se hacen uno al otro—.
No se lo explican,
No se lo explican,
¿qué pensarán entre sí?
¿La locura es normal?
¿Qué manda en el corazón de una mujer y hombre?
Están ahí; cualquiera diría que entre ellos
hay mil historias que contar,
¿La locura es normal?
¿Qué manda en el corazón de una mujer y hombre?
Están ahí; cualquiera diría que entre ellos
hay mil historias que contar,
y que se conocen profundamente.
Una mujer y un hombre se pertenecen.
Se miran
Una mujer y un hombre se pertenecen.
Se miran
y no se lo explican.



